Una de las grandes historias de uno de los conquistadores españoles
más famosos de la historia Francisco Pizarro, es la que sucedió un día a finales del mes de septiembre de 1526 a su
llegada a la isla de Gallos. Después de dos años avanzando hacia el sur en
busca del tesoro de los Incas en Perú y sobrellevando hambrunas, enfermedades,
ataques indígenas y, lo que es más importante, ni un solo gramo de oro en todo
el camino, las tropas de Francisco Pizarro comenzaron a impacientarse y comenzaron
a reclamarle que cesara en su empeño de conquistar el Imperio de los Incas, del
cual, solo habían oído hablar a un par de sacerdotes de los que nunca más
volvieron a saber. Pizarro, desenvainó
la espada delante de sus hombres cansados y estupefactos, que pensaban que su
general había perdido la cabeza. Este, sin perder ni un ápice de esperanza,
comenzó a dibujar una línea en la arena con la punta de su arma y se paró
delante de todos para decir:
“Por aquí, – dijo señalando el lado del sur- por aquí se va al Perú a
ser ricos; por allá -señalando al norte- se va a Panamá a ser pobres. Escoja el
que sea buen castellano lo que más bien le estuviere.”
Él fue el primero en cruzar la línea y tan solo 13 personas más lo
siguieron. Los otros, desistieron y comenzaron su retirada a estados más
“amigables”. El 16 de noviembre de 1532, seis años después del suceso, Pizarro
y sus hombres derrocaban a Atahualpa, haciéndose así con la capital del Imperio
Inca y con todos sus tesoros.

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